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LOS OCHENTA MANDAN

A principios de agosto, con el cambio de banda sonora de mi blog a la que titulé La Bola de Cristal en homenaje al programa con de TVE que marcara todo un hito en la década de los ochenta, os anticipaba lo que estaba por llegar para ese otoño. Curiosamente, la música hacía referencia al verano. Nada era gratuito. Los ochenta mandan.

Vaya, parece que los diseñadores por fin han cogido la década por donde la tenían que coger, tras varias intentonas en temporadas pasadas en las que estaba demasiado mezclada con reminiscencias setenteras, o era demasiado gótico, que no punk, y con interpretaciones poco fieles al original.
Pero ahora sí, ahora va en serio y lo he podido comprobar viendo las pasarelas internacionales, por un lado, y por otro, observando la forma de vestir de las chicas más jóvenes en la calle:

camisas largas o medio vestidos que se ciñen a la cadera con un cinturón ancho sobre pantalones pitillo o leggins y botas altas. Blazers largos que tapan shorts, faldas con la cintura alta y blusas blancas semientalladas (esta pasada primavera vi en París dos chicas, por separado, de entre 23 y 25 años con ese look y enseguida me di cuenta de que esta propuesta sería una de las claras triunfadoras del otoño), grandes pendientes… Más “ochenta”, imposible, y eso me da la medida de lo mucho que va a calar la estética de esta década para este otoño.
Hay una cuestión de fondo sobre la que no he leído en ninguna revista de moda. Nadie ha hablado del humor con el que se vivió la moda. Santiago Auseron, desde Radio Futura, cantaba: “Y yo caí enamorado de la moda juvenil”; Vicky Larraz con Olé Olé

proclamaba su manifiesto: “No controles mi forma de vestir por que es total”; y Mecano, daban permiso para ser vistos: “Mira ahora, ya puedes mirar que ya me he peinado a la moda y tengo un aspecto que vas a alucinar”. La noche mandaba en la movida madrileña, aparecieron las denominadas “tribus urbanas” y la moda recuperó algo esencial que había perdido en los setenta: ser proclama de una corriente estética liderada por jóvenes: punk, pop-glam, hard-rock, heavy-metal, ska, pijos y rockabillies, muy distintos entre sí, y con un look muy pulido en cada caso, fueron los más representativos.

Pues con ese humor se llevaban las grandes hombreras muy bien definidas en las propuestas de Thierry Mugler, el color negro mezclado con los tonos flúor o los total looks fluor
monocolor popularizado por Benetton, el mix rojo y negro, el fucsia o shocking pink emblemático de
Yves Saint Laurent, las prendas de piel (influencia del buen momento que vivió Loewe, su napa y su piel ante oro) en pantalones, faldas y

cazadoras Perfecto, las cinturas altas ceñidas con cinturones anchos, las botas de mosquetero, los leggins (negros, siempre) que popularizó Estefanía de Mónaco con su firma Pole Position (sí, ella fue la creadora de esta prenda), la pata de gallo grande en blanco y negro de Dior, el tweed de Chanel, los pailletes y purpurinas nocturnos (y diurnos en el metro de vuelta a casa tras una noche loca en el after), los jerseys de punto mohair talla XXL y manga japonesa de Jil Sander, la lycra de los vestidos

ceñidos de Azzedine Alaïa, y los excesos de todo tipo representados por Gianni Versace. Sí, fue él quien decidió reunir en un mismo desfile a las top-models del momento y de un sólo golpe de efecto recuperó el glamour, que andaba huérfano en clara búsqueda de dueño. Los zapatos de salón vivieron un momento esplendoroso, pero jamás, jamás fue trendy llevar calcetines con este tipo de calzado en los ochenta, por mucho que Gianni se empeñara.
Sigamos con los excesos en maquillaje y pelo. Nada de sólo ojos o sólo labios: las cejas anchas de una jovencísima Brooke Shields que asomaba desde la portada de Vogue París en noviembre de 1982, fotografiada por Helmut Newton, párpados bien cargados de sombras de ojos, colorete pronunciadísimo y labios muy perfilados y llenitos de color, cabellos cortos o largos cortados en capas para potenciar el rizo y bisutería tamaño XXL, sobre todo los pendientes.

El cine de Hollywood le había dado una clara patada en el trasero a los papeles protagonistas femeninos en la década de los setenta mostrando un modelo de mujer “afeada”. Las actrices se habían quedado relegadas a meras acompañantes de sus oponentes masculinos. Atrás quedaban esas heroínas de los años cuarenta y cincuenta en las que ellas eran capaces de conseguir cualquier cosa, siempre impecables y mostrándose inteligentes. De repente, el cine las dejó mudas y se cebó mostrando violencia de cualquier tipo explícita contra el género femenino. Terrible y vergonzoso, por lo que no le voy a dar más notoriedad, ni nombres de películas, que la publicidad está muy cara, pero si alguna tiene curiosidad, que me envíe un correo y le contesto personalmente sobre este tema.

Esto hizo que las tops-models recogieran el relevo el glamour de forma magistral conscientes de su influencia y de lo mucho que ganan las firmas de moda cuando aparecen ellas en sus campañas. Está claro, ellas venden más y comunican mejor. Ojo, fue Christy Turlington y no Linda Evangelista la autora de la frase: “No me levanto de la cama por menos de un cien mil dólares”. Y fue la propia Linda quien lo desmintió en una rueda de prensa que dio en España en la que estuve presente.

Y si empezaba la entrada hablando de música en español, ahora le toca al panorama internacional. La música es otro de los bastiones del glamour ochentero dejándonos joyas audiovisuales con el auge de los viodeoclips.

Además del famoso Thriller de Michael Jackson, que marcara a más de una generación, Bryan Ferry con su banda Roxy Music, David Bowie, Madonna, Prince, Ultravox con su magnífico “Viena”,



y un Robert Palmer “cañonazo” rodeado de modelos irrumpían en el panorama de la moda y la música en un acto de clara rebeldía ante el aburrimiento del hippismo trasnochado de los setenta que derivó en un folk más aburrido todavía porque se dejó todo atisbo de glamour en el camino. Ese es uno de los pecados mortales en los que no puede caer ninguna corriente estética que se precie: la falta de glamour. Y lo hicieron el cine y la moda de los setenta a la vez. Imperdonable.


Pero ellos no, ellos destilaban glamour por los cuatro costados e imponían su estética al mundo de la moda. Fijaros bien en el maquillaje de la portada del disco. Exactito a algunas propuestas que se han visto en las pasarelas. Le dedicaré una entrada al tema porque es “la tendencia”.

Adryan Line, visionario curtido en el mundo de la publicidad, irrumpe en el mundo del cine con Flash Dance (1983) y Nueve semanas y media (1986). Ya con la primera utiliza la forma de narrar de la publicidad con estética muy pulida y nos cuenta una historia de una cenicienta moderna anticipando una de las tendencias que dominaría la década: la Working Girl. Recoge el testigo que dejara Fama de Alan Parker en 1980 y vuelve a llenar los gimnasios y las academias de baile.

En el segundo caso, cuenta una historia turbia bajo la estética minimalista de Calvin

Klein, Donna Karan, Jil Sander, Dries Van Notten o Rei Kawakubo. Pero lo más importante, nos descubre a una Kim Bassinger que se convierte en icono de la década y nos deja una de las secuencias de streaptease más memorables de la historia del cine.

Purple Rain (Albert Magnoli, 1984) y Buscando a Susan desesperadamente (Susan Seidelmann, 1985) funden la música y la estética de los ochenta mejor que nadie. Os las recomiendo a todas las que no las hayáis visto. Pasaréis un buen rato, además.

Por fin, con Armas de Mujer (Mike Nichols, 1988) el cine se reconcilia con los papeles femeninos con una Melanie Griffith afirmando: “Tengo una mente para los negocios y un cuerpo para pecar”. ¡Vaya, una mujer completa! O casi, lo dejo a vuestro criterio.
Bien, pero, eso fue hace veinticinco años. Ahora ¿sabremos reinterpretar la vuelta de tanta hombrera y tanto exceso sin perder la identidad proNegritapia de la década en la que vivimos? Porque no sólo de los ochenta viven las pasarelas de este otoño. Me sigo preguntando ¿qué es característico y propio de

esta primera década de milenio con tanta revisión sesentera, setentera y ochentera que se han sucedido a velocidad de vértigo? Y ¿con qué nos identificarán las generaciones futuras interesadas en esto de las tendencias?

Mientras, espero con cierto excepticismo la vuelta de los “ochenta” y su consabida aceptación por el público general, o sea, todas nosotras. No os olvidéis que es una década controvertida, criticada, odiada y ahora, imitada hasta la saciedad. Pero ya sentenció Cocó Chanel: “SÓLO SE COPIA LO QUE SE AMA.
Muchas gracias por compartir conmigo este pedacito de la Historia Estética de la Moda. Me ha faltado hablar del papel fundamental que desempeñaron los fotógrafos y las revistas de moda en esa década, pero eso es otra historia.
Próximamente, en Beautyvictim.
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