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MI ÁRBOL GENEALÓGICO OLFATIVO

Que el perfume es una de mis grandes o pequeñas pasiones es algo bien sabido por todos y por algún extraño motivo, me ha dado por ponerme nostálgica.

De repente, me he vuelto a ver con 13 años revolviendo en el armario de mis abuelos paternos de su casa de la playa, abriendo todos y cada uno de los frascos de perfume que tenían, y os puedo asegurar que eran unos cuantos.

Especialmente, mi abuela. Alucinante. Tenía siempre seis o

siete perfumes que usaba indistintamente: Femme y Eau de Rochas; Shalimar, de Guerlain; Diorella, de Dior; Ô de Lancôme; L y L2 de Loewe.

Claro, que no sólo era ella quien las alternaba. Su querida nieta, que soy yo misma, también hacía lo propio. Pero no sólo con las de mi abuela. Si la ocasión lo merecía, no dudaba en probar con los de mi abuelo: English
Lavender, de Atkinsons; Agua de

Lavanda de Puig; Silvestre o Vetiver, de Guerlain. De vez en cuando, también encontraba tesoros olfativos de Roger&Gallet y Eau Savage, de Dior. No veáis lo que epata eso de oler a colonia masculina cuando se tienen 15 años. Eso era mucho más enrollado que oler a patchuli hippy traído de la India y que podías encontrar en cualquier mercadillo.

Mi madre siempre fue muy sobria con esto de las fragancias y creo que no le ha sido infiel a la clásica de limón de Álvarez Gómez. Como mucho,
alguna Aqua Allegoría de Guerlain, pero sólo las más suaves. Mis tías también se perfumaban y a ellas les debo el descubrimiento de
fragancias como L’Air du Temps, de Nina Ricci; Eau de
Courreges; Paris, de Yves Saint
Laurent;
Anaïs Anaïs, de Cacharel y Estivalia, de Puig. Maravillosas todas ellas.

En aquellos años, mi economía

era muy pequeña, como correspondía a la edad, y mi presupuesto llegaba para
Azur de Puig y Eau Jeune, de Garnier. Pero lo mejor de todo es que

llegaba a disfrutar de verdad estas fragancias. Me encantaba ponérmelas y olerme después. Y eso solía ser por la noche, a la
vuelta de la playa y después de la ducha. Como era verano, el
olor de los perfumes se mezclaban con el olor del mar y de los

jazmines y madreselvas que hay por la zona en la que se encuentra la urbanización de mis abuelos. Una maravilla olfativa.
Según fui cumpliendo años, mi presupuesto aumentó un poco. Hacía verdaderos esfuerzos para comprar Diorella o el Eau de Parfum de Lancaster, que reservaba para el invierno.
Ahora es la locura. Acumulo perfumes y los

utilizo según mi estado de ánimo, lo que vaya a hacer ese día, la temperatura que haya o con quién voy a estar. Pero lo mejor de todo es que sigo disfrutándolos como el primer día.
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